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No estás pensando demasiado. Estás intentando que nada salga mal.

Foto del escritor: Lucía Gracia Solana
Lucía Gracia Solana
1 sept
2 min de lectura
Mujer pensativa sentada en un espacio sereno, representando los síntomas cognitivos de la ansiedad y el exceso de pensamientos.

Son las once de la noche.


El día ha terminado, pero tu cabeza no.


Repasas aquella conversación. Piensas si hablaste demasiado, si deberías haber respondido de otra forma o si el gesto de la otra persona significaba algo.


Después recuerdas el correo de mañana.


Lo redactas mentalmente una vez. Y otra. Y otra más.


No porque no sepas escribirlo.


Sino porque estás buscando una versión con la que sea imposible equivocarte.


Y esa versión no existe.


Tu mente no quiere descansar. Quiere asegurarse


La ansiedad no siempre aparece como nervios, respiración acelerada o presión en el pecho.


En algunas personas, la ansiedad piensa.


Analiza lo sucedido. Anticipa lo que podría pasar. Detecta errores que nadie ha visto y ensaya respuestas para conversaciones que quizá nunca ocurran.


Desde fuera, incluso puede parecer responsabilidad.


Eres previsora. Atenta. Exigente.


El problema aparece cuando tu mente intenta protegerte de cualquier error y acaba convirtiendo cualquier decisión en una amenaza.


A veces utiliza tu propia voz


La ansiedad puede sonar así:


“Deberías poder con todo.”


“No estás haciendo suficiente.”


“No puedes relajarte todavía.”


“Primero termina esto.”


Y como esa voz se parece tanto a la tuya, terminas creyéndola.


Te exiges más. Revisas más. Intentas dejarlo todo controlado para sentirte tranquila.


Pero la tranquilidad dura poco, porque siempre aparece algo nuevo que resolver.


Hasta elegir empieza a cansarte


Qué responder.


Si aceptar una propuesta.


Si cancelar un plan.


Si decir lo que piensas o dejarlo pasar.


Decisiones que antes resolvías con naturalidad empiezan a necesitar demasiado tiempo.


No porque sean especialmente difíciles, sino porque ya no buscas una opción razonable. Buscas una opción que no pueda producir incomodidad, crítica ni arrepentimiento.


Y cuando ninguna puede garantizarlo, te bloqueas.


Lo preocupante no es que puedas seguir así


Probablemente puedas.


Puedes continuar trabajando, cuidando de los demás y cumpliendo con lo esperado.

Incluso es posible que nadie note lo que cuesta.


Pero poder soportarlo no significa que no esté condicionando tu vida.


La pregunta no es si todavía puedes con todo.


La pregunta es cuánto espacio ocupa en tu día el intento de evitar que algo salga mal.


Porque quizá no necesitas aprender a pensar mejor.


Quizá necesitas comprender por qué tu mente siente que no puede dejar de hacerlo.


Y trabajar sobre ello antes de que vivir en alerta te parezca simplemente tu manera de ser.


No necesitas estar mal para querer recuperar tranquilidad.



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