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Escoba mental: cuando una palabra ayuda a ordenar el ruido

Foto del escritor: Lucía Gracia Solana
Lucía Gracia Solana
14 sept
3 min de lectura
Hombre sentado en una habitación tranquila reflexionando sobre pensamientos repetitivos y sobrepensamiento.

Alejandro llevaba toda la tarde pensando en una conversación que había durado menos de cinco minutos.


No había ocurrido nada especialmente grave.


Nadie había levantado la voz. No había habido una discusión. Ni siquiera estaba seguro de haber dicho algo incorrecto.


Y, sin embargo, la conversación había terminado hacía horas y él todavía seguía dentro.


Mientras conducía, volvió a repasarla.


Mientras preparaba la cena, encontró una respuesta mejor.


Y cuando por fin se metió en la cama recordó exactamente el gesto que había hecho la otra persona después de una de sus frases.


Entonces apareció esa orden que tantas veces nos damos cuando estamos cansados de nuestra propia cabeza:


No voy a pensar más en esto.


No funcionó.


Casi nunca funciona.


La mente no entiende demasiado bien la orden de no pensar


Haz una prueba sencilla.


Durante los próximos segundos intenta no pensar en un elefante.


Puedes pensar en cualquier cosa. En lo que quieras.


Pero en un elefante, no.


Es bastante probable que ya haya aparecido.


Hay algo paradójico en intentar expulsar un pensamiento: para comprobar que ya no estamos pensando en él, nuestra mente tiene que volver a buscarlo.


Por eso, cuanto más nos repetimos no quiero pensar en esto, más presente puede hacerse precisamente ese “esto”.


Y aquí aparece una imagen que utiliza Pablo d’Ors y que resulta especialmente interesante llevada al terreno psicológico:


la escoba mental.


Para sacar pensamientos, a veces hay que introducir otros pensamientos


Una escoba no limpia una habitación desde fuera.


Tiene que entrar.


Con la mente puede suceder algo parecido.


Cuando hay demasiado ruido dentro, nuestra primera reacción suele ser intentar vaciarla.


Dejar de pensar.


Desconectar.


Apartar la preocupación.


Pero quizá no siempre necesitemos vaciar.


A veces necesitamos introducir deliberadamente algo sencillo que ordene nuestra atención.


Una palabra.


Solo una.


Puede ser calma.


Ahora.


Aquí.


Descanso.


No importa demasiado cuál.


No hay palabras mágicas.


Lo importante es lo que hacemos con ella.


Cada vez que la mente vuelve al correo, a la conversación, al problema o a aquello que todavía no podemos resolver, regresamos a esa palabra.


Sin discutir con el pensamiento.


Sin intentar demostrarle que está equivocado.


Sin continuar la conversación.


Simplemente volvemos.


Una vez.


Y otra.


Y otra.


Eso es, en esencia, lo bonito de la metáfora de la escoba mental.


No intenta sacar el ruido a empujones. Introduce algo que ayuda a ordenarlo.


Álvaro no necesitaba encontrar otra respuesta


La conversación había terminado.


Si al día siguiente consideraba que tenía que aclarar algo, podría hacerlo.


Si había cometido un error, podría repararlo.


Y si no había ocurrido absolutamente nada —que también era posible—, el tiempo se encargaría de demostrarlo.


Pero a las once y media de la noche ninguna de aquellas posibilidades necesitaba una solución.


Así que Álvaro dejó de intentar echar la conversación de su cabeza.


Eligió una palabra.


Mañana.


Cuando apareció otra vez aquella frase:


Mañana.


Cuando recordó el gesto:


Mañana.


Cuando su cabeza empezó a preparar lo que diría si volvía a salir el tema:


Mañana.


El pensamiento regresó varias veces.


Eso también forma parte del proceso.


La escoba mental no sirve para impedir que entren pensamientos.


Sirve para recordarnos que no tenemos que seguir a todos los que aparecen.


Elegir dónde ponemos la atención


En psicología sabemos que intentar suprimir de manera deliberada determinados pensamientos puede terminar aumentando nuestra vigilancia sobre ellos.


Por eso, muchas estrategias psicológicas no buscan conseguir una mente en blanco.


Buscan algo bastante más realista:


entrenar nuestra capacidad para dirigir la atención.


Reconocer que un pensamiento ha aparecido sin convertir automáticamente su aparición en una tarea que debemos resolver.


Porque pensar algo no significa que sea importante.


Ni que sea cierto.


Ni que necesite una respuesta inmediata.


A veces es simplemente un pensamiento atravesando una mente cansada a las once y media de la noche.


Y podemos dejarlo pasar.


Quizá cuidar la mente también sea saber apartar


Aquella noche Álvaro no consiguió dejar la cabeza completamente en blanco.


Tampoco lo necesitaba.


La conversación apareció alguna vez más.


Pero cada vez permaneció menos tiempo dentro de ella.


Hasta que, en algún momento, dejó de volver.


No sabemos exactamente cuándo.


Muchas cosas importantes ocurren así.


Sin hacer demasiado ruido.


Quizá la escoba mental no consista en limpiar nuestra cabeza de todo aquello que nos preocupa.


Quizá consista en aprender a elegir qué merece ocuparla ahora.


Porque no podemos decidir todos los pensamientos que llaman a nuestra puerta.


Pero sí podemos aprender a decidir a cuáles invitamos a quedarse.



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