Te has acostumbrado. Ese es el problema.


Hay cosas que dejan de molestarnos no porque hayan desaparecido.
Sino porque llevan demasiado tiempo con nosotros.
El ruido de una carretera cuando vives al lado.
Una silla incómoda en la que te sientas todos los días.
O despertarte cansada cada mañana.
Al principio lo notas.
Después, te acostumbras.
Y un día dejas de preguntarte si debería ser así.
Con la alimentación pasa algo parecido.
Te acostumbras a terminar de comer y sentirte hinchada.
A necesitar un café para llegar a media mañana.
A tener hambre a horas extrañas.
A evitar ciertos alimentos porque “no te sientan bien”, aunque nunca hayas sabido exactamente por qué.
A llegar a la noche agotada y abrir la nevera buscando algo que ni siquiera sabes si es hambre.
A digestiones pesadas.
A no ir bien al baño.
A sentir que haces muchas cosas “bien” y, aun así, tu cuerpo no termina de responder como esperas.
Y como puedes seguir trabajando, cuidando de los demás, saliendo a cenar y haciendo tu vida, llegas a una conclusión bastante razonable:
“Tampoco estoy tan mal.”
Probablemente no.
Pero esa nunca fue la pregunta.
La pregunta es cuánto de lo que hoy consideras normal has normalizado simplemente porque llevas demasiado tiempo sintiéndote así.
Ir al nutricionista no debería empezar necesariamente con una dieta.
Debería empezar con preguntas.
Qué comes, sí.
Pero también cómo comes.
Qué ocurre después.
Cómo son tus digestiones.
Cómo duermes.
Cómo llegas al final del día.
Qué alimentos has ido eliminando por tu cuenta.
Qué síntomas aparecen una y otra vez.
Y qué lleva tiempo intentando decirte tu cuerpo mientras tú aprendías a convivir con ello.
Porque a veces no necesitas comer menos.
Ni eliminar más alimentos.
Ni empezar otra dieta el lunes.
Necesitas entender qué está pasando.
Y para eso tampoco necesitas estar tan mal.
Solo darte cuenta de que haberte acostumbrado a algo no significa que tengas que seguir viviendo así.



