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Trauma psicológico y dolor físico: ¿qué relación tienen?

Foto del escritor: Lucía Gracia Solana
Lucía Gracia Solana
hace 6 días
3 min de lectura
“Relación entre trauma psicológico, sistema nervioso y dolor físico persistente”


Trauma, dolor y un sistema nervioso que todavía intenta protegerte


A Javier le dolía la espalda.


No era un dolor nuevo. Llevaba años con él.


Había probado fisioterapia, ejercicio, reposo, antiinflamatorios. Había épocas mejores y otras en las que un movimiento aparentemente insignificante era suficiente para que el dolor volviera con intensidad.


Las pruebas médicas explicaban una parte.


Pero no toda.


Cuando empezó a hablar de cuándo había comenzado realmente el problema, apareció algo que hasta entonces parecía no tener ninguna relación con su espalda.


Un accidente.


Habían pasado varios años. Estaba recuperado. Al menos, eso pensaba.

No tenía pesadillas. Podía conducir. Trabajaba con normalidad. No hablaba demasiado de aquello porque consideraba que estaba superado.


Sin embargo, había algo que su cuerpo parecía no haber olvidado.


El trauma no siempre se queda en el recuerdo


Cuando pensamos en un trauma solemos imaginar una experiencia del pasado.


Algo que ocurrió.


Pero psicológicamente, el trauma no depende únicamente de lo que sucedió, sino también de cómo nuestro sistema nervioso aprendió a responder después de aquello.


Ante una situación percibida como amenazante, el organismo pone en marcha mecanismos extraordinariamente útiles: aumenta la vigilancia, modifica la tensión muscular, acelera determinadas respuestas fisiológicas y prioriza la detección del peligro.


El problema aparece cuando la amenaza termina, pero una parte del sistema continúa comportándose como si tuviera que protegernos.


Es entonces cuando podemos comprender algo importante:

el cuerpo no necesita recordar conscientemente una experiencia para haber aprendido de ella.


Y el dolor también es aprendizaje.


El dolor no es exactamente lo mismo que el daño


Esta diferencia es fundamental.


El dolor es una experiencia real. Pero su intensidad no funciona como un medidor exacto de cuánto daño existe en los tejidos.


Por eso dos personas con lesiones aparentemente similares pueden experimentar dolores muy diferentes.


Y por eso también puede existir dolor persistente incluso cuando los tejidos han cicatrizado o cuando las pruebas médicas no explican completamente su intensidad.


Esto no significa que el dolor sea imaginario.


Significa algo mucho más interesante:

el dolor es una respuesta de protección.


Y un sistema que ha aprendido que el mundo puede ser peligroso puede volverse especialmente bueno protegiendo.


A veces, demasiado bueno.


Cuando la alarma se vuelve demasiado sensible


Imagina una alarma de incendios.


Su función es detectar humo antes de que el fuego pueda hacer daño.


Ahora imagina que, después de un incendio importante, esa alarma se vuelve extremadamente sensible.


Ya no suena únicamente cuando hay fuego.


Suena cuando alguien cocina.


Cuando aparece vapor.


Quizá incluso cuando se enciende una vela.


La alarma funciona.


Lo que ha cambiado es su umbral.


Algo parecido puede ocurrir en algunos procesos de dolor persistente.


Después de determinadas experiencias de lesión, estrés intenso o trauma, el sistema nervioso puede aumentar su sensibilidad frente a señales que interpreta como potencialmente amenazantes.


Un movimiento.


Una postura.


Una sensación corporal.


Un contexto determinado.


Incluso la anticipación de que algo va a doler.


El cerebro aprende asociaciones y comienza a proteger antes.


El trauma puede enseñarnos a vivir preparados


No todas las personas que han vivido un trauma desarrollan dolor persistente.


Y no todo dolor persistente tiene un origen traumático.


Conviene decirlo claramente.


Pero sabemos que existe una relación compleja entre estrés, experiencias traumáticas, regulación emocional, sueño, hipervigilancia y procesamiento del dolor.


Especialmente cuando el organismo lleva mucho tiempo funcionando en modo de protección.


Hay personas que aparentemente han seguido adelante.


Trabajan.


Cuidan.


Resuelven.


Cumplen.


Incluso parecen extraordinariamente fuertes.


Pero descansan poco. Aprietan la mandíbula. Mantienen los hombros elevados. Duermen con un sueño ligero. Les cuesta desconectar. Permanecen pendientes de cualquier cambio corporal.


Su cuerpo vive preparado.


Y vivir permanentemente preparado tiene un coste.


Entonces, ¿hay que tratar el trauma para tratar el dolor?


No necesariamente.


El dolor persistente suele necesitar una mirada amplia.


Puede requerir valoración médica, fisioterapia, ejercicio terapéutico, cambios en el descanso, hábitos y, en determinados casos, intervención psicológica.


La psicología no pretende sustituir el tratamiento físico.


Añade una pregunta diferente:

¿Qué está interpretando este sistema como peligroso?


A veces será el movimiento.


Otras veces será la posibilidad de volver a lesionarse.


Puede ser la incertidumbre.


La pérdida de control.


Una experiencia anterior.


O un organismo que lleva demasiado tiempo funcionando bajo estrés.


Trabajar psicológicamente el trauma y el dolor puede implicar reducir la hipervigilancia, modificar creencias asociadas al daño, recuperar progresivamente movimientos evitados, mejorar la regulación emocional y ayudar al sistema nervioso a discriminar mejor entre peligro real y peligro aprendido.


Porque recuperarse no consiste simplemente en convencer a alguien de que “no pasa nada”.


Consiste en ofrecer suficientes experiencias de seguridad para que el organismo pueda actualizar lo que aprendió.



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