Pensar mucho no significa pensar mejor


Cuando analizarlo todo deja de ayudarte a tomar mejores decisiones
Hay una idea que parece bastante razonable:
si pienso un poco más, tomaré una decisión mejor.
Y a veces es verdad.
El problema es que no sabemos muy bien dónde está ese poco más.
Así que seguimos.
Repasamos la conversación. Buscamos otra posibilidad. Intentamos anticipar qué ocurrirá. Volvemos a analizar una decisión que ya habíamos tomado.
Y lo llamamos pensar.
Aunque muchas veces ya no estamos pensando.
Estamos intentando conseguir una certeza que no existe.
Pensar más tiene muy buena prensa
A una persona que piensa mucho solemos atribuirle cualidades bastante positivas.
Es reflexiva.
Analítica.
Prudente.
No toma decisiones precipitadas.
Valora todas las posibilidades.
Y puede que sea exactamente así.
Pero hay una diferencia importante entre pensar para encontrar una respuesta y pensar para intentar eliminar la posibilidad de equivocarte.
Lo primero ayuda a decidir.
Lo segundo puede hacer que una decisión aparentemente sencilla ocupe una cantidad absurda de espacio mental.
Porque siempre existe otra posibilidad que valorar.
Siempre queda una variable que no controlas.
Siempre puedes hacerte una pregunta más.
Y si tu objetivo es estar completamente segura antes de decidir, tengo malas noticias:
probablemente vas a tener que seguir pensando bastante tiempo.
Haz una prueba
Piensa en alguna decisión que tengas pendiente.
Ahora pregúntate:
¿qué información concreta me falta para poder decidir?
Si tienes una respuesta clara, probablemente necesites buscar esa información.
Pero si la respuesta es:
"No lo sé, simplemente quiero estar segura", quizá el problema ya no sea la falta de información.
Quizá sea la dificultad para tolerar que ninguna decisión importante viene con garantías.
Y ahí pensar más sirve de bastante poco.
El sobrepensamiento tiene una trampa
Cuando algo nos preocupa, pensar sobre ello produce una sensación inmediata de estar haciendo algo.
No has resuelto el problema.
Pero tampoco estás quieta frente a él.
Estás analizándolo.
Y eso puede resultar tranquilizador.
Durante un rato.
El cerebro aprende entonces algo parecido a esto: si existe incertidumbre, piensa.
¿No sabes cómo saldrá una reunión? Piensa.
¿Alguien ha contestado diferente de lo habitual? Piensa.
¿Has tomado una decisión importante? Repásala.
¿Cometiste un error? Reconstruye mentalmente todo lo que podrías haber hecho de otra manera.
El problema es que cada vez que utilizas el pensamiento para intentar reducir completamente la incertidumbre, refuerzas la idea de que la incertidumbre necesita ser resuelta antes de poder continuar.
Y no siempre puede resolverse.
A veces no estás buscando una respuesta
Estás buscando tranquilidad.
Y no es lo mismo.
Puedes preguntarte veinte veces si has tomado la decisión correcta.
Puedes releer un mensaje antes de enviarlo.
Puedes imaginar cinco conversaciones diferentes antes de tener una.
Puedes pedir una segunda opinión.
Después una tercera.
Todo esto puede parecer una búsqueda de información.
Pero llega un punto en el que ya no buscas información nueva.
Buscas que alguien —o algo— te garantice:
“No te vas a equivocar.”
Y esa garantía casi nunca existe.
Por eso hay decisiones que no se terminan pensando.
Se terminan tolerando.
Pensar bien también significa saber cuándo dejar de pensar
Quizá esta sea la parte menos intuitiva.
Una buena capacidad de análisis no consiste únicamente en saber considerar muchas posibilidades.
También consiste en saber cuándo ya tienes suficiente información.
Decidir.
Y aceptar que todavía queda una parte que no controlas.
Porque puedes tomar una buena decisión y que salga mal.
Y puedes tomar una decisión mediocre y que, por circunstancias que no controlabas, salga estupendamente.
Eso incomoda.
Especialmente a las personas acostumbradas a anticiparse, prepararse y reducir errores.
Pero hay algo que conviene recordar: una decisión no se convierte en mejor simplemente porque hayas sufrido más antes de tomarla.
Quizá la pregunta sea otra
La próxima vez que lleves demasiado tiempo pensando en algo, no te preguntes únicamente:
"¿Qué debería hacer?"
Prueba a preguntarte: “¿Estoy intentando resolver algo o estoy intentando sentirme completamente segura antes de actuar?”
Porque si estás resolviendo un problema, sigue pensando.
Busca información.
Compara opciones.
Pide consejo si lo necesitas.
Pero si ya tienes suficiente información y sigues dando vueltas sobre exactamente lo mismo, quizá pensar más no vaya a darte una respuesta mejor.
Quizá solamente vaya a retrasar el momento que estabas intentando evitar:
elegir sin tener la certeza absoluta de que has elegido bien.
Y aprender a hacer eso también es una forma de pensar mejor.


