Tu ansiedad puede ser una de las razones por las que te va tan bien


Y ese es precisamente el problema.
Hay una idea sobre la ansiedad que nos hemos creído demasiado rápido:
que la ansiedad te impide funcionar.
No siempre.
A veces hace exactamente lo contrario.
Te hace llegar antes. Prepararte más. Revisarlo otra vez. Pensar en lo que podría salir mal. No olvidarte de nada. Resolver antes de que aparezca el problema.
Y, visto desde fuera, eso tiene un nombre bastante atractivo:
ser una persona muy competente.
El problema es que nadie pregunta cuánto cuesta.
Hay comportamientos que premiamos demasiado pronto
Imagina dos personas preparando una reunión importante.
Las dos llegan con todo estudiado.
Una lo hace porque quiere estar preparada.
La otra porque lleva dos días imaginando todo lo que podría salir mal.
Desde fuera hacen exactamente lo mismo.
Por dentro, no se parecen en nada.
Y aquí está una de las cosas que más me interesan de la psicología:
no siempre puedes saber si un comportamiento es saludable mirando el comportamiento.
Tienes que saber qué ocurre cuando la persona intenta dejar de hacerlo.
Porque ser responsable no es un problema.
No poder permitirte no serlo, quizá sí.
Haz una prueba bastante sencilla
Deja un mensaje sin contestar unas horas.
Entrega algo sin revisarlo por cuarta vez.
Deja que otra persona se encargue.
Di que no sin escribir después tres párrafos explicando por qué.
Ten una tarde sin nada productivo que hacer.
Y observa qué ocurre.
Si inmediatamente aparece incomodidad, culpa, necesidad de comprobar, pensamientos sobre lo que deberías estar haciendo o la sensación de que estás perdiendo el tiempo, quizá hayas descubierto algo interesante.
Puede que no estuvieras organizando tanto tu vida como regulando tu ansiedad a través de ella.
Y eso cambia bastante las cosas.
Porque el éxito también puede reforzar patrones que te hacen daño
Este es el problema.
Si cada vez que te preocupas más, trabajas más.
Si cada vez que anticipas todos los escenarios consigues evitar algún error.
Si cada vez que te exiges consigues mejores resultados.
Tu cerebro aprende una conclusión bastante lógica:
sigue haciéndolo.
Y lo haces.
Durante años.
Hasta que llega un momento extraño.
Todo parece ir bien, pero tú cada vez necesitas hacer más para sentirte tranquila.
Más control.
Más anticipación.
Más esfuerzo.
Más certeza.
No porque seas incapaz de manejar la incertidumbre.
Sino porque quizá llevas demasiado tiempo evitando comprobar que puedes manejarla.
Por eso “tienes que relajarte” sirve de bastante poco
Probablemente ya sabes que deberías descansar más.
También sabes que no todo tiene que estar perfecto.
Y seguramente alguien te ha dicho alguna vez:
"No le des tantas vueltas."
Gracias.
Problema solucionado.
El asunto no es que no sepas que podrías preocuparte menos.
El asunto es que una parte de ti sigue creyendo que preocuparte es precisamente lo que evita que las cosas salgan mal.
Y mientras esa asociación siga intacta, intentar relajarte se parece bastante a conducir con el freno de mano puesto.
Puedes hacerlo.
Pero requiere muchísimo esfuerzo.
La pregunta incómoda
Quizá durante mucho tiempo hayas pensado:
"Yo soy así."
Organizada.
Responsable.
Exigente.
Previsora.
Independiente.
Puede que sí.
Pero hay una pregunta bastante más útil:
¿seguirías haciendo todo esto igual si no tuvieras miedo de lo que podría ocurrir si dejaras de hacerlo?
Porque ahí está la diferencia.
No queremos que dejes de ser responsable.
Ni ambiciosa.
Ni competente.
Queremos que puedas seguir siéndolo sin necesitar vivir permanentemente en alerta para conseguirlo.
Porque cuando puedes elegir, hablamos de una capacidad.
Cuando no puedes dejar de hacerlo aunque quieras, quizá ya estemos hablando de otra cosa.
Y esa diferencia merece bastante más atención de la que solemos darle.



