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A veces necesitamos sentirnos mal, para poder estar mejor.

Foto del escritor: Lucía Gracia Solana
Lucía Gracia Solana
21 ago
3 min de lectura
Mujer caminando en un espacio amplio y luminoso que representa el cambio y la gestión emocional

Hay cosas que llegan para hacernos sentir mejor.


Y otras que llegan para conseguir que algo cambie.


Las primeras suelen ser fáciles de aceptar. Las segundas, bastante menos.


Porque tendemos a valorar lo que nos ocurre desde el presente: si me hace sentir bien, es bueno; si me genera malestar, quiero que desaparezca.


Pero hay experiencias cuyo valor no está tanto en cómo se sienten hoy, sino en hacia dónde pueden llevarnos mañana.


Y aquí es donde entran las emociones.


No todas están diseñadas para hacernos sentir bien

En psicología hablamos de emociones positivas y negativas, aunque esta clasificación puede resultar engañosa.


Porque “negativa” no significa inútil, perjudicial o algo que debamos eliminar.


La alegría, la calma, la satisfacción o el entusiasmo nos ayudan a disfrutar, conectar con otras personas, explorar y reconocer aquello que está funcionando en nuestra vida.


Pero el miedo, la tristeza, la frustración, la culpa o la rabia cumplen otra función.


Nos avisan de que algo está ocurriendo.


La tristeza puede ayudarnos a detenernos y procesar una pérdida.


El miedo prepara nuestro organismo ante una posible amenaza.


La rabia puede aparecer cuando percibimos que alguien ha traspasado un límite.


La frustración nos enfrenta a la distancia entre lo que esperábamos y lo que realmente está sucediendo.


Y la culpa, cuando es proporcionada, puede llevarnos a revisar nuestro comportamiento y reparar.


No son agradables.


Pero tampoco son un error del sistema.


Su presente es el malestar. Su horizonte puede ser el cambio.

Quizá esta sea una de las diferencias más interesantes entre las emociones positivas y negativas.


Muchas emociones positivas nos acercan a aquello que queremos conservar.


Muchas de las que llamamos negativas, en cambio, pueden empujarnos a revisar aquello que necesita cambiar.


Si cada domingo por la tarde aparece el mismo nudo en el estómago cuando piensas en el lunes, quizá haya algo que observar.


Si una relación despierta constantemente frustración o rabia, quizá existan conversaciones pendientes o límites que nunca has puesto.


Si llevas meses sintiendo que no llegas a todo, quizá la solución no sea aprender a soportarlo mejor.


A veces, el malestar es precisamente lo que consigue que dejemos de normalizar determinadas situaciones.


El problema aparece cuando solo queremos dejar de sentir


Es comprensible.


Cuando algo duele, nuestra primera reacción suele ser intentar que desaparezca.


Pero regular una emoción no significa necesariamente eliminarla.


Significa ser capaces de escucharla sin dejar que tome todas nuestras decisiones.


Porque las emociones contienen información, pero no son instrucciones.


Sentir miedo no significa necesariamente que exista un peligro real.


Sentir culpa no significa automáticamente que hayas hecho algo mal.


Sentir rabia tampoco significa que tengas razón.


Por eso necesitamos algo más que sentir: necesitamos interpretar.


Preguntarnos qué está ocurriendo, qué estamos pensando, qué parte pertenece a la situación actual y qué parte puede venir de nuestra historia, nuestros miedos o nuestra manera habitual de relacionarnos con el mundo.


Quizá haya una pregunta mejor


Cuando aparece una emoción desagradable solemos preguntarnos:

«¿Cómo hago para dejar de sentir esto?»


Pero en algunas ocasiones puede ser más útil empezar por otra:

«¿Qué está intentando mostrarme esto que siento?»


Puede que descubramos que necesitamos aprender a regular una reacción demasiado intensa.


Puede que tengamos que cuestionar una interpretación que estamos haciendo desde el miedo.


Pero también puede ocurrir algo diferente.


Que llevemos demasiado tiempo adaptándonos a algo que ya no funciona.


Una forma de trabajar. Una relación. Un ritmo de vida. Una exigencia que hemos convertido en normal.


Y entonces aquello que hoy resulta incómodo puede convertirse en el comienzo de una conversación, un límite, una decisión o un cambio que llevábamos demasiado tiempo posponiendo.


Porque no todo lo que nos hace sentir bien nos hace avanzar.


Y no todo lo que nos incomoda ha venido a hacernos daño.


A veces, el presente es el malestar. Y el futuro es todo aquello que ese malestar puede ayudarnos a cambiar.




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