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La ansiedad que te ha dado tan buena reputación

Foto del escritor: Lucía Gracia Solana
Lucía Gracia Solana
13 sept
4 min de lectura
ansiedad que no se nota

Marta nunca ha tenido un ataque de ansiedad.


Nunca ha dejado de ir a trabajar por miedo. Nunca ha sentido que no podía salir de casa. Nunca ha tenido que cancelar una reunión porque la ansiedad se lo impidiera.


De hecho, si preguntáramos a las personas que trabajan con ella, probablemente utilizarían otras palabras para describirla.


Responsable.

Resolutiva.

Exigente.

De las que siempre están.


Marta tiene 43 años y dirige un equipo de doce personas.


Llega pronto. Contesta rápido. Recuerda las fechas que otros olvidan y suele detectar los problemas antes de que ocurran.


Cuando algo depende de ella, sale.


Y eso le ha ido bien.


Muy bien.


El problema es que hace tiempo que Marta tampoco sabe hacer otra cosa.


A las 22:47


Está en el sofá viendo una serie con su pareja cuando recuerda un correo que ha enviado esa mañana.


No hay ningún problema con el correo.


Pero piensa que quizá una frase podía haberse interpretado de otra manera.


Coge el teléfono.


Lo vuelve a leer.


Todo parece correcto.


Lo deja.


Dos minutos después vuelve a cogerlo.


Ahora piensa en la reunión del jueves.


Después en algo que debería comentar mañana con una persona de su equipo.

Después recuerda que todavía no ha confirmado una cita.


Su pareja le dice:


—¿Puedes dejar el móvil un rato?


—Sí, sí. Ya termino.


Marta siempre está a punto de terminar.


La ansiedad que todos reconocemos


Si le preguntáramos a Marta cómo imagina a una persona con ansiedad, probablemente pensaría en alguien muy diferente a ella.


Alguien bloqueado.


Alguien que siente miedo, evita determinadas situaciones, tiene dificultades para tomar decisiones o nota que la ansiedad empieza a limitar su vida.


Y esa ansiedad existe.


Puede hacer que una persona rechace una oportunidad profesional porque teme no estar a la altura. Que evite conducir. Que posponga una conversación durante semanas. Que necesite escapar de determinadas situaciones porque la activación resulta insoportable.


La ansiedad anticipa una amenaza y la persona intenta alejarse de ella.


Es la ansiedad que paraliza.


La reconocemos porque empieza a verse desde fuera.


Pero no es la única forma en la que puede manifestarse.


Marta hace exactamente lo contrario


Cuando Marta siente incertidumbre, no evita.


Hace más.


Si teme equivocarse, revisa.


Si algo le preocupa, se anticipa.


Si siente que puede perder el control, organiza.


Si tiene demasiadas cosas en la cabeza, intenta resolverlas todas antes de descansar.


Y si está agotada, se promete que parará cuando termine lo pendiente.


Por eso durante mucho tiempo nadie piensa en ansiedad.


Ni siquiera ella.


Porque aquello que le genera malestar es también aquello que la ha convertido en una profesional excelente.


Hay tantas maneras de experimentar la ansiedad como personas.


Además, una misma persona puede reaccionar de maneras diferentes dependiendo del momento y de la situación: evitar en unas áreas, sobrecontrolar en otras, pedir constantemente seguridad o intentar anticiparse a todo.


Cuando hablamos de ansiedad de alto funcionamiento tampoco hablamos de un diagnóstico clínico independiente.


Es una expresión que utilizamos para describir algo que vemos con frecuencia: personas que experimentan un nivel importante de ansiedad mientras mantienen —e incluso destacan por— un elevado funcionamiento externo.


Y ahí está precisamente su dificultad.


Una ansiedad limita. La otra puede recibir felicitaciones.


A la persona que empieza a evitar cosas probablemente alguien termine preguntándole:

“¿Te ocurre algo?”


A Marta le dicen:


“No sé cómo llegas a todo.”


“Qué capacidad tienes.”


“Menos mal que estás tú.”


Y Marta sonríe.


Porque es agradable sentirse competente.


Lo que resulta más difícil de ver es el precio que está pagando por conseguirlo.


Dormir pero no descansar.


Estar con sus hijos mientras piensa en el trabajo.


Sentirse incómoda cuando no está haciendo nada.


Revisar decisiones que ya estaban tomadas.


Tener dificultades para delegar.


Notar que cualquier pequeño error permanece demasiado tiempo en su cabeza.


Una ansiedad se ve. La otra, a veces, recibe felicitaciones.


El problema no es ser exigente


Marta no necesita dejar de ser responsable.


Ni trabajar peor.


Ni renunciar a su ambición.


Ese tampoco debería ser el objetivo de una intervención psicológica.


La pregunta interesante es otra:

¿Todo aquello que haces para rendir sigue siendo una elección o se ha convertido en algo que necesitas hacer para sentirte tranquila?


Porque existe una diferencia entre revisar un trabajo porque queremos hacerlo bien y no poder dejar de revisarlo por miedo a equivocarnos.


Entre planificar y necesitar tenerlo todo bajo control.


Entre ser responsable y sentir que nunca podemos bajar la guardia.


Entre tener un alto rendimiento y vivir permanentemente en estado de alerta.


Desde fuera pueden parecer exactamente lo mismo.


Desde dentro, no lo son.


Son las 23:18


Marta vuelve a mirar el correo.


Esta vez no cambia nada.


Apaga el teléfono y lo deja sobre la mesa.


Durante unos segundos siente la tentación de volver a cogerlo.


No lo hace.


Quizá ese sea el trabajo que tiene por delante.


No aprender a hacer más.


Aprender que puede estar bien incluso cuando deja algo para mañana.


Porque no necesitas dejar de funcionar para empezar a cuidarte.


Y no necesitas esperar a que sea urgente para reconocer que algo es importante.

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