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Miedo a hablar en público: sabes lo que quieres decir, hasta que tienes que decirlo

Foto del escritor: Lucía Gracia Solana
Lucía Gracia Solana
11 sept
4 min de lectura

Mujer realizando una presentación en público ante un auditorio profesional.


Puedes conocer perfectamente tu trabajo. Haber preparado la presentación. Saber que tienes criterio, experiencia y algo valioso que aportar.


Y, aun así, unos minutos antes de hablar delante de otras personas, notar que algo cambia.


El corazón se acelera. La boca se seca. Empiezas a pensar demasiado rápido. Te preocupa quedarte en blanco. Repasas mentalmente la primera frase una vez más.


No necesariamente porque no estés preparado.


A veces, precisamente, porque te importa hacerlo bien.




¿Por qué da miedo hablar en público?


Hablar delante de otras personas implica exponernos a algo especialmente sensible para nuestro cerebro: la evaluación.


Durante unos minutos dejamos de ser únicamente quienes pensamos, sabemos o trabajamos. Nos convertimos también en alguien que está siendo observado.


Y ante esa situación pueden aparecer pensamientos como:


  • ¿Y si me quedo en blanco?


  • ¿Y si se nota que estoy nervioso?


  • ¿Y si digo algo incorrecto?


  • ¿Y si no parezco suficientemente preparado?


  • ¿Y si los demás saben más que yo?


El problema no suele estar únicamente en hablar.


Está en todo lo que creemos que podría significar equivocarnos mientras hablamos.


Los nervios no significan que no sepas hacerlo.


Uno de los errores más frecuentes consiste en interpretar la activación del cuerpo como una señal de incapacidad.


Notas el corazón rápido y piensas: me estoy poniendo demasiado nervioso.


Notas que la voz cambia y aparece: se van a dar cuenta.


Pierdes durante un segundo el hilo y concluyes: me voy a quedar en blanco.


Entonces empiezas a vigilarte.


Cómo estás hablando. Dónde pones las manos. Si estás respirando bien. Qué cara están poniendo los demás.


Y cuanto más intentas comprobar que todo está bajo control, menos atención queda disponible para aquello que realmente quieres comunicar.


Prepararte mucho no siempre reduce el miedo


En personas especialmente responsables o autoexigentes aparece con frecuencia una estrategia aparentemente lógica: prepararse todavía más.


Releer.


Revisar.


Ensayar.


Anticipar todas las preguntas posibles.


Volver a modificar la presentación.


Todo esto puede ser útil hasta cierto punto.


Pero llega un momento en el que la preparación deja de servir para comunicar mejor y empieza a utilizarse para intentar conseguir una garantía imposible:


“Si lo preparo absolutamente todo, nada podrá salir mal.”


Y ninguna presentación permite esa certeza.


Siempre puede aparecer una pregunta inesperada. Puedes perder una palabra. Alguien puede mostrar una expresión que interpretes como desaprobación. Puedes necesitar unos segundos para recuperar el hilo.


Aprender a hablar en público no consiste en eliminar cualquier posibilidad de incomodidad.


Consiste también en aprender que puedes continuar aunque algo no salga exactamente como habías previsto.


El miedo a quedarse en blanco


Es una de las preocupaciones más habituales.


Y paradójicamente, cuanto más intentas evitar que ocurra, más pendiente estás de comprobar si está ocurriendo.


La atención se desplaza de fuera hacia dentro.


En lugar de pensar:

¿Qué quiero explicar?

empiezas a pensar:

¿Lo estoy haciendo bien?


Ese cambio parece pequeño, pero es importante.


Hablar deja de ser una conversación dirigida hacia otras personas y se convierte en una evaluación constante de tu propio rendimiento.


Algunas cosas que pueden mantener el miedo


Evitar hablar siempre que sea posible puede aliviar a corto plazo, pero también impide comprobar que podrías hacerlo.


Leer literalmente toda la presentación puede aumentar la sensación de seguridad, pero hacer que dependas cada vez más del texto.


Memorizar palabra por palabra puede provocar que cualquier pequeña desviación se viva como un error.


Hablar muy rápido para terminar cuanto antes puede reforzar la idea de que la situación es peligrosa.


Y analizar durante horas cómo ha salido puede hacer que recuerdes mucho más cualquier pequeño fallo que todo aquello que sí funcionó.


El problema no es sentir nervios.


El problema aparece cuando empezamos a organizar nuestra conducta exclusivamente para no sentirlos.


¿Qué puede ayudar?


Preparar una estructura en lugar de memorizar cada frase suele permitir una comunicación más flexible.


Ensayar exponiéndote progresivamente a situaciones similares puede ayudar a que la activación deje de interpretarse como una amenaza.


Dirigir la atención hacia el mensaje y hacia las personas que lo reciben reduce la vigilancia constante de uno mismo.


También puede resultar útil aceptar que cierta activación antes de hablar es normal.


El objetivo no tiene por qué ser llegar a una presentación completamente tranquilo.


Puede ser algo mucho más realista:

Poder hablar aunque estés algo nervioso.


Pero para algunas personas empieza entonces otra parte del problema.


“En aquella respuesta he dudado.”


“Creo que he hablado demasiado rápido.”


“Seguro que han notado que estaba nervioso.”


“Podría haber explicado mucho mejor aquella parte.”


La mente empieza a editar retrospectivamente la situación.


Y suele hacerlo con un sesgo: recuerda con enorme precisión aquello que podría haberse hecho mejor y presta mucha menos atención a todo lo que salió suficientemente bien.


Si después de cada exposición realizas una revisión, intenta hacerla con criterios concretos:


¿Qué mensaje quería transmitir?


¿Se entendió?


¿Qué funcionó?


¿Qué mejoraría la próxima vez?


Y después, termina la revisión.


Porque aprender de una experiencia no exige pasar las siguientes cuatro horas repitiéndola mentalmente.


¿Cuándo merece la pena trabajarlo en terapia?


Sentir algo de nervios antes de hablar en público es habitual.


Puede ser útil pedir ayuda cuando el miedo empieza a limitar decisiones importantes: evitar reuniones, rechazar oportunidades profesionales, delegar presentaciones que podrías hacer, sufrir una anticipación intensa durante días o necesitar un nivel de preparación desproporcionado para poder exponerte.


En terapia psicológica puede trabajarse la interpretación de las sensaciones de ansiedad, el miedo a la evaluación, la autoexigencia, la atención excesiva sobre uno mismo, las conductas de seguridad y la exposición progresiva a estas situaciones.

No necesariamente para conseguir que hablar delante de otras personas deje de importarte.


Sino para que el miedo deje de decidir por ti.




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